Publiqué la columna que sigue hace once años, el 6 de diciembre de 1998, el día que Hugo Chávez ganó las elecciones en Venezuela.
Decían los abuelitos: “cuando las barbas de tu vecino veas pelar... pon las tuyas a remojar”. Mal haríamos en ver el proceso electoral venezolano como algo que no nos afecta y peor si no asumimos la lección, independientemente del resultado de hoy.
Y es que lo que está sucediendo en Venezuela es la anticipación de lo que puede suceder en muchos países y, desde luego, en el nuestro. Los partidos tradicionales están conduciendo al hartazgo popular de su sistema político y cuando el pueblo se harta, recurre a cualquier cosa, por estúpida que sea. Y, claro, se sabe que el remedio fue peor que la enfermedad sólo cuando el paciente está agonizando.
¿Quién ha dicho que no hay Chávez en Bolivia? Quizá no con la boinita de ranger trasnochado, ni con la facha cuartelaria de eterno sargento -porque no es más que sargento a pesar de su grado-, pero sí con la idea de que la etapa de los partidos tradicionales se terminó.
Palenque y su populismo de ladera ya fue una advertencia. ¿Quién ha dicho que el peligro ha pasado? Tendríamos que ser ciegos para no ver en el horizonte de nuestra política los perfiles de los posibles “salvadores” que están afilando sus cuchillos contra el sistema y, a nombre de movimientos “generacionales” o por mandato de irrenunciables herencias se alistan para ser la alternativa.
Y los partidos tradicionales –MNR, ADN y MIR- que son el triángulo de la estabilidad institucional de nuestro sistema democrático, están empujando el carro de la desesperación popular y empujando la desesperanza a las “soluciones” suicidas. Alguien, en esos partidos, tiene que hacer una lectura correcta de la vía venezolana. Alguien tiene que ver a Acción Democrática y a los socialcristianos hundidos en su crisis, imaginando salidas de emergencia, con pataleos de ahogado, porque no supieron imaginar su renovación y la de su sistema político.
Movimientistas, miristas y adenistas, viven felices disfrutando sus rencillas, creen en sus orgasmos de pavo real cuando dicen que se democratizan, se cuentan cuentos solitos, gozan mirándose al espejo –soy el más lindo, soy el más lindo- sin darse cuenta de que cada vez son más los que les dan la espalda.
Porque aquí, como en Venezuela, el pueblo, su mayoría, está harto de los que no ofrecen renovación. Harto de diputados inútiles, designados a dedo por el Jefe, harto de correteo electoral por el peguismo, harto de corruptos encumbrados que se perdonan a sí mismos, harto de traficantes de pasillos judiciales, harto de feudos y de repartijas...
Cuidado, ¡por ahí están!: en envoltorios de bombones o en botellines de cerveza, los Chávez de nuestro sistema político están esperando la primera oportunidad... ¡y ya se acercan!
Los pueblos desilusionados necesitan aferrarse a algo y lo más probable es que se aferren al vendedor de baratijas. A los vendedores de promesas que dicen que van a dar todo lo que no les dio el sistema tradicional de la política. ¿Por qué no comprar ilusiones... aunque sea a los Chávez?
Diciembre 6, 1998.
Y, efectivamente, llegaron los Chávez. Con rostro originario y su legión de corruptos, contrabandistas, matones y verdugos. Los millones de ilusionados esperan, ¡felices!, la dictadura...